miércoles, 24 de febrero de 2010

Capitulo 1: Despedidas (PhantomRider)


Era la madrugada más helada del año.
Yo me encontraba frente a un espejo, observando como las criadas revoloteaban a mi alrededor. Jadeé sonoramente cuando sentí el violento abrazo del corsé.
-Lo siento, señorita Emily-Murmuró, asustada la criada.
-Estoy bien- Aseguré ahogada. Aclaré mi garganta delicadamente La pobre debía estar asustada, pero a mí no me gustaba ser violenta con los criados. Lo normal en aquellos años habría sido azotarla o algo así. No era mi estilo, no señor.

Cuando finalizó la tortura de ajustar mi corsé para que mi cuerpo pareciera un reloj de arena me colocaron el elegante vestido rosado con un gran miriñaque.
-Ya está lista, señorita.-Anunció otra criada, la primera había adquirido un intenso color rosa en las mejillas y no había hablado más desde aquél accidente. Supuse que luego hablaría con la otra y ella le explicaría mis métodos.
-Gracias-Respondí educadamente.
Me colgué el ridículo a la cintura y allí dentro coloque un abanico, mi diario y una pluma. Agarre la capa color rosa pálido, la poye sobre mis hombros y salí al pasillo de la gran estancia.
-Su padre nos espera en la puerta, señorita Emily-Dijo el señor Schäfer. Cargando mis maletas. Mi padre lo había elegido como mi mayordomo personal.
-Le agradezco, Schäfer-Dije con una diestra reverencia. Comenzó a caminar por el pasillo.
-Gustav-Susurré, así era su nombre, pero estaba mal visto llamar a los mayordomos por su nombre. Quizá si hubiésemos llegado a tener algo más confianza… en fin. Suspire, eché una última ojeada a mi habitación y con un andar marcadamente femenino crucé la estancia hasta la puerta principal.
-Ya es tarde, Emily.- Espetó mi padre con brusquedad.
-Lo siento, padre.-Me disculpe. Titubeé y me limité a observarlo.
-Ven aquí. -Abrió sus brazos y yo me lance entre ellos- Por favor, Emily-Dijo preocupado-Y no trates de mandarme cartas. No quiero que te encuentren.-Acarició mi sonrosada mejilla. Besó mi frente y se separó de mí.
-De acuerdo, padre-Prometí con solemnidad.
-Ya es hora-Dijo mirando su viejo reloj de bolsillo-Deben partir ahora mismo-Me acompañó hasta el carruaje-Cuídate, cielo-Dijo a modo de despedida y cerró la puertezuela de madera detrás de mi.
-Tú también.- Dije, al borde de las lágrimas.
El carruaje emprendió la marcha y ví como nos alejábamos de la gran estancia casi vacía.
Las lágrimas comenzaron a caer silenciosamente por mis mejillas, ahora de un rojo brillante. No se detuvieron por un largo rato.

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