miércoles, 1 de junio de 2011

La identidad no existe en este reino.

Había una vez, un gran reino poblado de sapos y brujas muy feas. Los sapos llevaban verrugas por todos lados y traían la piel escamosa y babosa… Y las brujas, bueno, que podríamos decir, se hacían las coquetas arreglándose el pelo pero igual seguían teniendo los pelos pajosos y canosos, con narices puntiagudas y largas como una rama de árbol, llevaban verrugas en sus brazos y unos feos labios pintados de rojo.

Cada bruja se casaba con un sapo, algunos eran más grande que otros y algunas brujas eran más flacas que otras, pero de todas formas seguían siendo iguales, todos iguales, ninguno sobresalía. Eran todos feos y de mente perversa.

Un día cualquiera, en una monótona casa cualquiera de ese maloliente reino llegó a casa una hermosa bebé. Con su piel brillante como una perla y suave como el algodón. Traía poquito pelo en la cabeza, era rizado y de color castaño, sus ojos eran marrones, casi como el chocolate. Era un bebé verdaderamente precioso y perfecto.

Pero algo iba mal, la pequeña niña nunca se pareció a sus padres, siempre fue diferente, perfecta, con nariz respingadita y contextura más bien flacucha, de estatura mediana y una larga cabellera que sus hermanas brujas se encargaban de peinar todas las mañanas.

Un día cualquiera en ese pozo frío y siniestro, llegaron dos ancianitas, llevaban pañuelos en las cabezas de color blanco y sus caras reflejaban la desesperación, el cansancio, la fortaleza, sus rostros eran un muestrario de sentimientos.

La niña vio pasar por el frente de su horrendo jardín a las dos ancianitas y las siguió… De cierta forma, se parecía a ellas. Piel color perla, ojos de un color vivo, narices normales y no traían verrugas.

-Disculpen-Dijo la chica plantándose frente a ellas-¿Qué son ustedes?-Preguntó con curiosidad y abrí los ojos con expectativa.

Las ancianas se miraron entre ellas y contestaron al unísono:

-Somos abuelas-Sus alientos chocaron contra la cara de la joven y esta lo aspiró. Era fresco. No se parecía en nada a de sus padres, hermanos y hermanas.

-¿Vos cómo te llamas?-Preguntó la abuelita más avejentada.

-No lo sé realmente-Toda su vida, la chica, había sentido que no pertenecía a ese lugar, ella era demasiado diferente a ellos, no pensaba igual, no caminaba igual. Varias veces se había sentido un adefesio…

La abuela más joven tomó su mano y le dijo:

-Querida-La chica se estremeció al tacto, era suave, como el de ella-Nuestra nieta.

Confundida, la chica se dejó llevar por las abuelas lejos de aquel lugar, e inmediatamente comprendió que a lo que ellas se referían era: ellas eran su identidad.

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